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Yo jui pacífico.../A cien años de la muerte de Zapata

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Mundo Nuestro. Centenario de la muerte de Zapata. Dicen que no hay memoria que valga. Bien haríamos con mirar lo que ocurre en México en los últimos diez años. Mas de 200 mil personas han perdido la vida asesinadas en medio de una violencia a la que todavía no acabamos de nombrar. Bien haríamos si miramos con otros ojos a México. Con ojos atentos, capaces de reconocer los signos de los tiempos.

Crescencio jue pacífico. Murió en los años ochenta del siglo pasado en algún rincón de los llanos de Otumba, al norte de la ciudad de México. Él sí miraba largo. Sobrevivió a la violencia extrema de la revolución mexicana. “Hay que aguantar como burros mañosos para que no venga de nuevo lo de la antigua…”



Para conocer la historia hay que aprender a mirar como la mira Cresencio, como se mira el campo, como se reconocen unos quelites de unas verdolagas. Como se mira a la tierra a la que nunca se olvida. Sólo así no olvidaremos de dónde viene México.

Memoria de Zapata, entonces. Y no dejar de preguntarnos de dónde venimos. Mundo Nuestro presenta este texto escrito por Emma Yanes y Sergio Mastretta, y que formó parte del libro Con el sudor de tu crisis, publicado por la BUAP en el año de 1989.



Primera parte

Yo jui pacífico...



Junio de 1983

Otumba: gran parte de la tierra sin sembrar, unas cuantas yuntas trabajando parcelas recién barbechadas. Entre nopales y magueyes, la casa de la señora Felícitas en el pueblo de San Marcos. Sólo dos cuartitos de piedra: tinacales de aguamiel, hojas de maguey, jarros y cazuelas colgadas de la pared. En un rincón de la casa, doña Felícitas, una mujer de rostro indígena de aproximadamente de 35 años, hace las tortillas blancas y grandes sobre el metate. En el otro extremo, su hermano Carmelo, en cuclillas, selecciona los frijoles para la siembra. Y el tío don Crescencio, de 80 años, sentado junto al tinacal, nos ofrece con insistencia un vaso de pulque: no sabe agrio, es dulce, refresca. Nos vuelve a servir, dice que el que hay en México ya está meniado y además le ponen agua, que el pulque de Otumba es el mero bueno.

Don Carmelo: “De habitantes somos unos dos mil o tres mil almas, con chamacos y todo. Somos 240 ejidatarios. Cada quien trabaja su parcela, lo propio. Es una miseria, tres hectáreas. La mía fue un traslado, murió el mero dueño que era, me la pasaron. Sembramos máiz, frijol, haba, todo por temporal. Si Dios quiere socorrer con l´ agua se da la cosecha. Apenas antier empezó a llover; estaba dura la calor y uno tristeando en la tierra y se vino el relámpago nomás así y la lluvia se vino y corrimos del gusto al ranchito pa´ dar gracias a Dios y nos tomamos el pulquito. Apenas estoy seleccionando el frijol pa´ la siembra; recién lo compré, es del de hace dos años, trai mucha piedra. Está dura la cosa; ora si nos dicen: ‘¿qué siembras buen hombre?`, uno responde: frijoles. Y el otro nos va a contestar: ´pues piedras levantarás`… Luego la aguamiel nos la pagan bien barata, a peso el litro, y ellos venden el pulque a diez pesos. No se da la siembra, todos se están yendo pa´l Distrito. Los viejos nos quedamos de pastores o a raspar magueyes. El nopal y el quelite se da mucho, casi solo, tenemos pa´ irla pasando. Todavía tenemos un guardadito de maíz del año pasado pa´ mal pasarla. Somos de aquí nacidos y aquí hemos de morirnos. Cuando bien nos va sacamos pa´ no comprar la semilla, pa´l gasto de uno. Y a raspar el maguey, que no falte el traguito pa´ beber. El pasado año el gobierno metió máquinas a limpiar las tierras, con eso del SAM, pero salió lo mismo: donde entraron las máquinas se levantó frijol, pero ya no jalan las máquinas, no llueve y no se dio nada. El banco ofrece centavos y se queda con la mitad de la cosecha, y si no da uno se queda con la deuda. Mejor nos atenemos a lo que Dios nos socorra, pero que sea propio. Ya aquí muchos cambiaron de religión; andan por todos lados cargando la Biblia y ya no le ponen la veladora a los santos. Los de la religión nuestra ya están haciendo las misas de espigas pa´ que dé la lluvia. Pero cuando Dios no quiere, los santos no pueden socorrer l´ agüita.”

Doña Felícitas toma una bolita de masa, la redondea, la pone sobre la piedra, no deja de trabajar. Interviene en la plática, interrumpe a su hermano: “Nosotros no le hacemos caso a los de la Biblia. A San Isidro ya lo sacamos a pasear a las tierras el día 15, pero no llovió, hasta ayer.”

Don Carmelo: “Está duro por donde le vea uno. Tenemos que sembrar con yunta, no salen los centavos pa´ pagar tractor: piden 2900 pesos por barbechar una hectárea. Pá sembrar piden otro pago, otro pa´ cajonear. Mejor, digo yo, lo que salga con la yuntita. Aquí el que tiene ha luchado pa´conseguir su tierra, su pulquito, su chivo. Cuesta sostenerlos.”

Doña Felícitas: “Aquí muchos vivieron la revolución, los viejos dicen que fue por envidias. Ahí está mi tío, pregúntele, estuvo en los balazos.”

Don Crescencio se acomoda bien en la silla, reflexiona un rato, sirve más pulque: “Antes había en Otumba pura hacienda y la gente puro pion. Pasó aquí Carranza en el ferrocarril. Lo empezaron a peliar, yo lo vi, luego más adelante lo atajaron y lo mataron. Ya despuesito vinieron los ejidos. Los dueños de la hacienda, unos Campero, ya se fueron pa´ siempre. Ora ya no estamos esclavizados a los mandones del patrón, el administrador, el mayordomo, tanto malora. La necesidad nos obligaba a trabajar pa´ellos; 40 centavos ganaba, 70, no pasé de ai. No dejaban sembrar lo de uno los hacendados, no nos quedaba nada, ni el cuartillo de maíz.”

Doña Felícitas levanta la tortilla con la punta de los dedos, la pone en el comal; es grande y blanca, nos invita a un taco de frijoles, de nuevo interviene en la plática: “Mi agüela dice usaban la biznaga pa´ la tortilla. Luego la hacían del mezale de maguey, se les rompía todita en el comal, sabía feo. “

Don Crescencio: “Pus eso que tú oyiste yo lo vide. La tortillita se rompía en la mano, era de mezale, sabía a crudo. Y los de la guerra le daban a uno la cebada y el maíz al caballo. Todavía habemos con licencia de nuestro Señor unos de esos tiempos; ya nos tocó la tierrita nuestra, y el maíz blanco y bonito como el nuestro. Cuando los balazos, los rateros condenados, los soldados, entraban a la cocinita a la fuerza y todo se llevaban. A la mujer se la llevan por la fuerza y la hacían soldada y la llevaban a lo bola pa´ que hiciera de comer. Yo jui pacífico. Estaba en la edad pa´l reclutamiento, me escondía de la leva. Nomás oía sonar la bala y m´iba pa´l barranco, pa´l otro lado, donde fuera, donde no la oyera la bala. Entonces se quemaban los puentes del tren, le hacían la malobra al vaporcito, al vía angosta, así era. Dicen ya viene cundiendo de güelta lo de la antigua. Ni lo quiera Dios. Vamos arriesgarle a la tierrita y onque piérdamos. Si hay comida bendito sea el Señor; si no, pus hay que aguantar la carga como burro pa´que no haiga guerra. Y que sea el burro mañoso pa´que no se caiga la carga. Yo mi partido ya lo eché al olvido; sale bien carísimo sembrar. Dicen ora la guerra que se viene va a ser del aire, están preparando los aviones y tanta tropa que tiene el gobierno.”

Don Carmelo sigue seleccionando el frijol, separa los chicos de los grandes, los pintos de los güeritos, les quita las piedras. Interrumpe al viejo. “Está triste todo. ¿Por qué han de darnos miedo los balazos? Hay que entrarle al cuero, digo yo, hay que entrarle.”

Don Crescencio: “Anda vete pues. Ya deja el frijol, vete a corretiar balas. O de una vez te preparamos el cuadro aquí mesmo, te organizamos el fusilamiento.”

Doña Felícitas: “Ya no pelié tío, ya no pelié.”

Don Carmelo: “Aquí estamos amolados. No sale pa´ la mantención, no sale pa´l tractor, no sale pa´l abono, ya no sale. El abono de la gallina es el mejor, pero habíamos de tener una granja pa´que saliera. Con 30 pollitos que tenemos por ai sueltos, nomás no, ni modo de corretearlos pa’saber dónde ensucian. “

Doña Felícitas: “Vamos a ponerles un pañalito, como a los chilpayates, pa´ que se ensucien en un solo lugar.”

Don Crescencio: “Está bueno, siga de respondona, siga.”

Don Carmelo: “El tractor en un instante termina y en un instante me deja encuerado. Mejor me sesgo tantito pa´no quedarme desnudo. Todavía el año pasado cobraban a 800 pesos, todavía le entré; onque perdí, le entré. Ora la mujer ya deja sola la casa, se va al campo, dicen que a trabajar; van a ratiar de paso, ya ni se paran en la plaza las condenadas.”

Doña Felícitas: “Está bueno, en el campo todos somos dueños, así decimos, y vamos llenando el ayatito. Está bueno, así todos comemos.”

El viejo Crescencio sirve otro vaso de pulque, vuelve a intervenir: “Ya no pelien. Se vienen tristes los tiempos. Hay que hacernos burros mañosos pa´ que no haiga otra guerra. Yo jui pacífico. No me gustan los balazos, andan saliendo muertos, verlos ai tirados junto al maguey y las muchachas dando hijo ajeno. Si llega un soldado y me dice a fuerzas que tengo que ser como él, yo me pongo de pie y le respondo: `mire soldado, mejor deme cinco balazos ora mismo y de una vez quedamos a mano.´ Ya en el otro mundo, digo yo, arreglaremos cuentas. Uno como quiera ya, con lo poco que nos falta pa’morirnos, como quiera acompletamos. Se viene triste pa´ los chamacos. Hay que aguantar la carga como burros mañosos pa´ que no cunda de nuevo lo de la antigua. “

Julio de 1984

En la carretera, rumbo a Otumba, el mismo paisaje: nopales y tierra seca. Doña Felícitas, igual que hace un año. Desde el rincón, desde la oscuridad, prepara la masa y echa las tortillas mientras habla. “Siempre sí se compadeció la virgencita. La pasearon por la tierra y llovió. Se dio el maicito, el frijol, el alberjonsín. La haba no quiso darse. Ahora está cara la yunta, está caro el tractor. Salió el maicito y juntamos la pastura para los animalitos. Y una, como endenantes, echando la tortilla en el comal. Se apaga con la vientadera, con el aire”.

Ahora nomás yo ando. Mi muchacho anda juido. Dios sabrá. El tío Crescencio dijo el mes pasado: ahora vuelvo, voy a deshojar. No volvió. Jala pa’ un lado, jala pa’l otro el tío Crescencio. Dice tiene guardados sus centavitos para cuando lo entierren. Luego decía nos ayudaba en la tierra. Nomás ayudaba un poquito, se iba a tumbar a la sombra. No se casó el tío Crescencio y ahora mismo ya se quiere matrimoniar. Las pasea en burro a sus señoras, les regala frijol, luego ya lo botan: no tiene parcela. Un sobrino suyo se la quedó. Cumplidos tiene los 81 el tío Crescencio, anda a la pura arrepentida, sin mujer, sin chamacada: ahora quién lo va a enterrar. Un mes no se ve a don Crescencio. Se va a Campero, donde su parcela. Se va a saludar a su tierrita. Se queda la semana, el mes, nomás mirándola. Le agarró cariño. Antes, dicen, nadie tenía la tierra y ahora nomás la mira. Anda a la arrepentida, no se matrimonió. Quién lo va a enterrar, allá en la tierra suya de Campero.

“Bendito sea Dios, llovió. Pero ahora Carmelo no puede trabajar la parcela. Vinieron unos gringos, dizque traen papeles. Andan escarbando la tierra del ejido, no puede entrar la yunta. ‘Oh’, dice la gringa, ‘qué chulada de paredes tamos haciendo, ¡oh!’, y rascan la tierra pa’ llevarse los tepalcates de los antiguos. Con ésos se daban la bendición. Endenantes no había santitos pa’ cuidar la tierra. Rásquele y rásquele a la tierrita están los gringos y llenan los costales de los tepalcates que usaban los de endenantes. No se puede barbechar. Allí en la parcela se acaba l agua pa’ los gringos. Y gritan y corren al jagüey a tomar l’agüita de ésa, donde mero se mían los animalitos. Van a tomar la porquería y a nosotros nos da risa. Carmelo dice que no quería gringos en su tierrita, allá pa’l cerro. Dicen vienen ellos mandados y traen papeles y peones pa’ escarbar la tierrita nuestra. Luego dicen: unos nomás no dejaron entrar a los gringos y el gobierno les quitó su tierrita; les metió pura nopalera y nunca más van a sembrar. Mejor Carmelo se entendió con ellos. Ai como pudo se entendieron; no cantan el mismo hablar. No que otros, dice Carmelo, por salvar la vida la andan perdiendo. Él nomás anda al monte: cuida al animal. Por ai ha de andar.

“Otros de aquí sí pueden barbechar. Juntaron unos pa’l tractor. Al cabo no come pastura, ni l’agua. Igual se descompone. Se queda botado en medio campo, peor enterrado que el nopal. Nomás estorbando la barbechada, el fierro ése, peor que el nopal. Todo está caro, peor está. Y la chamacada que volvieron unos de México. Se fueron y sacaron sus centavitos allá y vinieron acá de vuelta, igual los dejan. Todo recaro está. No alcanza pa’la yunta, pa’l tractor, pa’l animal. Yo digo el gobierno es ingrato; del campo comen los de la ciudad”.

Doña Felícitas se levanta y abandona por un momento su rincón. Nos ofrece un vaso de pulque, el recuerdo más próximo de don Crescencio El Pacífico.

Segunda parte

Se tienen que finar las leyes injustas

Diciembre de 1986

Dejamos atrás Teotihuacan. Camino a Otumba grandes sembradíos de nopal alegran el paisaje. En el pueblo hay tianguis. Frente a la iglesia colonial adornada de azul y blanco se vende carne, verduras, herramientas de labranza, muebles (salas de terciopelo, comedores de fibra de vidrio), adornos navideños, ropa, juguetes (transformers, carritos y niños dios), fritangas. La eucaristía se escucha en todo el mercado por un magnavoz. A petición de los comerciantes el sacerdote ofrece la misa a la Virgen de Guadalupe. “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, unos toman la comunión, otros comen sopes y quesadillas. Se confunde la voz del sacerdote con el pregón de las marchantas y la de Emanuel y Pandora que sale de los puestos de discos.

Llegamos a la ranchería de San Marcos. La carretera está ya pavimentada. A su lado crecen nuevas casas. Nada ha cambiado en la vivienda de doña Felícitas. Ella se encuentra en la misma esquina echando a mano tortillas de maíz blanco. No está su marido. Su cuñado Manuel nos ofrece un vaso de pulque. Sin dejar de trabajar doña Felícitas platica.

“Ya ni de niscómel hacen la tortilla. Le echan pura cal y harina, reamarilla sale. Una trai la costumbre del maíz blanco, a como se puede lo van sembrando. Ora se pone la semilla más cara, no se logró. Llovió poco. Nomás se dio un poquito de zacate, ‘ta chiquita la semilla, nomás rastrojo pa’l animal. Del alberjón vimos la pura flor, de tres veces que florea si sigue lloviendo da alberjón, si no, pus no. El maíz y el frijol se siembran juntos, el alberjón aparte. Ora jue año de cosecha de nada. Siembran dos hectáreas, poquito de todo; y como no dio nada, nomás puro zacate, ni lo han juntado, ai se queda tristeando la tierra.”

El señor Manuel, su cuñado, deja ver su dentadura chimuela, interviene: “Ora en lugar de que tengan maguey en el terreno ponen nopal y buscan dinero. Ocupan riego. Uno de’ onde. Los dueños de mucha tierra propósitamente plantan nopal por la tuna. Otro anda suelto en el campo, no compara uno nopal ni tunas nomás de andarlo juntando. Si se engegüita el nopal, se le apodan las pencas que llegan hasta el suelo pa’ que no se destienda como una verdolaga y no dé. Ora tumban el maguey y ponen nopal, ya se va apagando el maguey, ansina la aguamiel, va escaseando el pulquito.” Doña Filícitas da su opinión: “Ora también ‘ta caro, lo dan a 80, a 100 pesos el litro. En la ciudá harta agüita le echan.” Otro vaso de pulque antes de que escasee y Manuel retoma la plática:

“Aquí se logre o no se logre la cosecha ansinita se trabaja como si se lograra. Ya si Dios socorre la agüita. Pa’ trabajar sólo se usa el animal. Ora el traitor cobra 18 y 20 mil pesos el barbecho. Cobra caro por lo que le echan de tiempo, de su trabajo y de lo que le ponen de líquido. Nosotros nomás atenidos a lo propio. En lo ajeno le conviene pagar al dueño de la tierra al tercio, el que siembra pone el traitor y la semilla. De la carga que sale la mitá es pa’l dueño de la tierra y la mitá pa’l mediero. Aquí el que tiene ejido que lo siembre, el que no pa’ qué lo quiere. Mucha juventú no tiene trabajo, ni ejido, entons se lo quitan al que lo traiba y se los dan. Pa’ nosotros la Navidá ni más pobre ni más rica. Se veía bonito el temporal, nomás en la mera mera ocasión que se necesitaba el agua se resentó, de junio pa’ acá ya n’ubo, sólo Dios sabe. Ni como ayudarla l’ agüita. Los que echaron abono quedaron pior, se secó más la tierrita. Nomás me divertí con los que tiraron cubetadas de abono. Está tortilla que ve usté jue del maíz del año pasado, se nos dio hartito y ora nomás no quiso Dios favorecernos la cosecha.”

De nuevo Felícitas le roba la palabra. “Habiendo de un año pal otro el maicito dura. Tenemos del que Dios socorrió hace dos años. Si no hay se compra y con qué.” Manuel vuelve a lo suyo: “Los que están en dichos bancos de nombre no me acuerdo, hasta desyerbaron y nomás no se les dio. Les jue mal y ora con qué pagan. Arréglense como puedan. Si gano, solito, y si pierdo, solito, muy mío, sin atenencias. Por una maquila de un viaje de zacatito de ir a trairlo le cobran a siete mil pesos nomás de la jalada, parte el pión que carga y descarga, hasta dos mil pesos están ganando. Ya pa’qué, mejor uno lo traiba de a poco. Ya no se jaya mucho pión, nomás pa’un cortadito. Cobran harto o se van a México, o a tirarse al pueblo nomás de puro güevón. Yo tengo tres hectáreas en la falda del cerro, pa’rriba no todos saben, no entra el traitor. He visto laderas que están más costosas, pero sí saben y suben el traitor. Otros no, les ladea el corazón. El próximo año todavía no lo contamos. Dios quiera y se compadezca del campo. A ocho pesos pagan litro de aguamiel, ellos lo dan a ochenta. Al rato pa’tragar vamos a hacer como en México: tanto triste ratero que no quiere trabajar. Viene malo el año y se riega la gente donde quiera como hormigas a chambear donde haiga. Viene bueno y se alegra el pueblo de tanta mazorca y tanto amontonadero. Tiene hartito que no se venía la sequía, ora qué le hacemos. ‘Tamos aquí como el burro, dispuestos a llevar la carga, pa’onde vamos a correr si no. Yo no tengo familia, soy soldado razo pa’la mantención, solterón dijo el radio.

“Yo desde que pensé aquí ya era ejido. Dicen que el primer reparto fue pa’l cerro de San Lucas. Luego pa’la aplanada de Tepollan, ansina Palomillas, así lo nombran, el apodo del terreno. Dicen la hacienda era de Zapayoca, ahí está el casco. Otra ‘bía en Campero, de un Manuel Campero. L’ejido poca cosa, no desempeñaron entonces. Otros de Otumba, Buenavista, Suapuyaca, tienen ocho, diez hectáreas cada uno. Aquí semos 248 ejidatarios a tres hectáreas. Ora ripliaron las tierras cuando vinieron las máquinas del gobierno a la medición y nos desengañaron de que eran las tres hectáreas y media, son nomás tres y con trabajos, nos dijeron, Ora las terrazas encharcaron los soportes, se revientan, tiene uno que taparlos con la pala o carretilla. La máquina ayudo a formar los bordes, antes a puro lomo. Hasta eso que no les dura el agua, pior si no hay. El jagüey que esta nuestro favorito, el antiguo de la Hacienda de San Lucas, ‘ta ya un charquito. No hay l’agua pal animal, hay que llevarlo donde jaya.” El tema nos recuerda al viejo Crescencio, preguntamos por él: “El difunto Crescencio de la tierra de Campero fue conocedor de los primeros. Anduvo huyendo de la bola cuando la revolución. Sabrá Dios a quién le dejó su ejido. Se jue a morir con sus hermanos. Sabe Dios a quién le dejó la tierra.”

Felícitas no lo deja terminar: “A quién ‘bía de ser, a sus sobrinos que le espantaron la última mujer que ya traiba en su burro. Anda --le dice Felícitas a una chamaca--, ve a llamar don Pedrito pa que les platique a los muchachos de los tiempos juidos.” El señor, de 84 años, vecino de la familia, apareció al poco rato. Doña Felícita sirve frijoles y alverjón. Corren los vasos de pulque.

Den Pedrito habla pausado y tranquilo. “Voy a contar la historia pa’ no cansar. En 1905 eran treinta años que se ‘bía inaugurado el Tren Mexicano, nomás le quitaron las vías que traiba. Nací mesmamente en 1905. Cuando la guerra de hambre por suerte estaba chiquito. Entoncesa ‘garraron de leva a los pacíficos. Se rascaban subterráneos pa’ que no encontraran a la gente pacífica y hasta ai los iban a buscar. Aquí siempre ha habido generaciones que han ido transcurriendo. El mundo sigue de frente y sigue transcurriendo, los que nos acabamos somos nosotros. Entons llegaba la brigada de Carranza y de Zapata, en Ometuzco peleaban y el inorante pacífico nomás viendo. Zapata venía de Morelos y agarra el tren Interoceánico, Carranza de la ciudad y agarra el Mexicano, los dos aquí venían a parar. Los cerros se blanqueaban de tanto calzonudo zapatista, ésos respetaban la tierra. Los carranclanes eran piojosos, entraban a los templos y sacaban los ornamentos; los mantillones de los andantes se los ponían a los caballos. Saqueban la iglesia y el piojo se les venía de castigo. Yo nunca vide a Carranza, lo’stamos conociendo ora en moneda, ya no vale, nada se compra casi con ella, endenantes daban moneda falsa de la guerra y lo atendían bien a uno en la tienda.”

Interrumpe el señor Manuel con los bigotes empulcados: “Mis finados abuelos me contaban que el carrancista desnudaba a los santos para vestirse con ellos. Yo no sé.”

Afirma don Pedrito con autoridad: “Sí, ansina jue. En Calpulalpan hasta quemaron la puerta de la iglesia. Cuando llegaron las fuerzas aquí ‘bía de todo: alverjón, haba, frijol, maíz. Secaron la semilla parejo, la robaron si no, se acabó el comestible. Los que pudieron embodegar lo hicieron. Hubo hartita hambre, dolían los huesos. Se comieron el mezale con cebada, la biznaga también se comieron. Murió mucha gente de esa canija hambre. Después vino la epidemia que produció la peste de los muertos. Fue precisamente la influenza que pegó. Se iba a enterrar un difunto y ya está l’otro”.

Desde su rincón agrega Felícitas: “Asegún dicen, ya no sé, aquí en Ometsuco sacaban a la gente de sus casas. No traiban armas los pacíficos, se agarraban con la trompa a puñetes. Los papás escondían a las hijas en las barrancas, les llenaban de tierrita la cara pa que se afearan. Como el rumor se oía con anticipación, se rascó bajo las casas pa que no las jayaran.”

Don Pedrito asienta: “Asi jue. Ya no había sepulturas, les enterraban encimados. Cargaban de hijos a la mujer robada. Parientes míos se los llevó la leva. Cuatro primos de sangre se los llevó la tropa de carranclanes pa no volver. Ansina he oído en la radio que dice la canción ‘Me voy lucero de mis noches, dijo un soldado al pie de la ventana´. Y así se juyeron hartos con los luceros. Pero la guerra la ganó el pobre, se jueron a morir unos pa beneficiarse otros. A mí la revolución no me dio tierra como ansina al difunto de Campero. No jui solvente pa trabajar terrenos. El que no tiene porvenir de comuna y repartimiento tiene derecho a pedir ejido, así jue. El círculo de la comunidá que venía desde los antiguos jue independiente a lo de la hacienda. Yo jui de lo comunal de San Marcos. Nunca pudo el charro de ai quitarnos la tierrita. El ejido vino después con el repartimiento de la misma finca.”

El señor Manuel se quita el pulque de los bigotes, habla de los suyos: “Yo de mis padres eran puro acasillado de las haciendas. Yo todavía trabajé en una finca. Ya’staban repartidas todas las de por acá, nomás ésa no, era la hacienda del difunto Bernardo Hernández. Todo era a la usanza de lo anterior. Todavía entonaban los piones a toque de campana el Santodiós pa’salir la gente a trabajar. Yo estuve ai dos años de tlachiquero, raspar y raspar. De las siete de la mañana hasta las cinco o seis de la tarde, raspar. No me pareció. Los piones ganaban 75 centavos los grandes, 50 centavos los chicos. Prestaban el cuarto pa dormir. Mí me pagan 45 centavos el cubo de aguamiel, hacía ocho diarios. Uno se fregaba bien. Era joven. De tlachiquero nomás el que conoce, el que no le jaya, no. Y nomás de ojero me fui medio enseñando a raspar el maguey, a caparlo y a picarlos. Primero se capa, se le quita el meyolote donde sale el güite, la flor de arriba y antes de que salga se le quita el meyolote. Ya cuando está delgadito se capa, se corta, se carea muy bien, después se pica con acocote pa “l aguamiel.”

Don Pedrito deja en el plato su taco de alverjón, sigue: “Desde siempre las fincas traiban a lo comunal del puño. En aquel tiempo, cuando vino Hernán Cortés, cuando llegó a Veracruz saliendo el sol, se apeó del barco y dice: ‘he llegado a la Nueva España.’ Y empezó una guerra antigua. En este territorio había generaciones que eran cerradas, adoraban a los ídolos, eran los primeros de la tierra mexicana. Cuando esas generaciones primeritas, los aztecas, los ulmecas, los chichimecas, había libertad.” Interrumpe el señor Manuel: “yo ai sí no meto mi cuchara, ya tiene hartito.”

Y sigue el viejo: “Yo no en efectivo lo vi, pero supe por pláticas. Cuando la revolución se borró el colegio donde iba yo, pero igual lo supe. Los antiguos trabajaban la tierra a pura mano de obra, conocían los metales. El oro lo juntaban en el suelo. Puede que algún día vean ustedes en los riachuelos unas vetitas negras, pues ese negro es el oro puro. Los antiguos lavaban las arenas para apartarlo y luego lo fabricaban. Conocían de todo. Agarraban veneno de las piedras para ponerle a las lanzas y con eso peleaban. Entonces eran libres. Tenían propiedad comunal de todos, no empezaba ni acababa la tierra. Hasta ahora últimamente con Hernán Cortés les troncharon la tierra y aquellas generaciones todo lo que habían trabajado en común lo sepultaron, Los cerros que ellos hicieron a mano de obra los cubrieron de tierra por no dejar que Hernán Cortés viera los secretos. En ese tiempo México era libre, no como ’ora que se pagan los terrenos. Nomás vino la raza blanca y comenzaron a medir la tierra, a poner las fincas de la raza blanca en la tierra que le robaron a los libres mexicanos. Sí, así jue. Pero algunos pueblos bravos quedaron algo de comunal, , como San Marcos. Campero no, ai había un señor Manuel Campero que tenía las tierras en la misma que antes había sido de los mexicanos. Los peones lo sabían. Al pizcar la tierrita de la finca encontraban ansina los tepalcates de los antiguos y los traiban a su casa pa' que se fuera con el Dios verdadero le quitaban la tierra. Mataban un toro y hacían una hebra y de ese mismo tamaño era la tierra que le quitaban al difuntito. Así le cobraban los padres de la iglesia y la hacienda al indio inorante pa'l entierro. Como no había religión, le quitaron al indígena la idolatría y harto se tuvo que pagar en tierrita por no saber del Dios verdadero. Veían los de la finca a la gente como animales. Estaban salvajes los indios, eran muy frágiles onque tenía la riqueza. Cuando vino esa gente blanca, en lugar de gallinas pusieron perdices y guajolotes que trajeron, también cabrío y vacas. Estaba rica la nación. Lo que era el territorio de norte a sur estaba extenso. En aquel tiempo juido mis padres eran del pueblo, de lo comunal siempre lo fueron. Cuando la revolución estaba reduciendo los pueblos ya eso no quisimos. Nosotros teníamos la propiedad comunal, era pura gente que no habían desnudado de terreno, poco más o menos 20 familias. La tierra comunal se respetó por la revolución y las fincas se hicieron también como lo comunal. El ejido vino a igualar a los antiguos. Pasó la revolución y los pueblos pusieron la representación propia. Aquí fue elegido Ignacio García. Los representantes dijeron cuál era la parte que les habían quitado a los pueblos desde aquel tiempo de Cortés. Y de ai vino el reparto de los ejidos. A un tío mío le tocó ejido. Yo quedé huérfano de padres. Ora crecen las generaciones, qué vamos a hacer. Ora el ejido y la comunidá están en igualdad. Como ha abundado la gente ya no hay cabida y se sigue repartiendo la tierra onque sea de lo comunal y eso perjudica a uno y al otro. Ya no hay plano donde sembrar y se agarrará uno pa'l monte. Otra revolución ya no, antes al contra, vendrá una nueva generación a renovar.”

Doña Felícitas recoge la mesa, se acuerda de la conversación del año anterior, dice: “Esos griegos que endenantes les conté querían los tepalcates de los antiguos. Le fue mal. No tenían permiso de rascar. Otros de allá de Estados Unidos vinieron a matarlos pero ya no los alcanzaron. Los gringos hacían negocio con los difuntos. En el cerrito encontraron dinero antiguo de éste que ponen en los museos. El presidente de aquí de pueblo fue a sacar con ellos cosas que no eran de él. El muchacho del ejido, dueño del a tierra de donde sacaban las cosas, lo retó al presidente que se había metido en su territorio y le dijo que lo mataba. No lo mató pero hicieron prensa y se cambió el presidente de aquí.”

El tema anima a don Pedrito, se acomoda en su silla, habla sabiamente: “Voy a poner un ejemplo, una suposición de los antiguos. Hubo un santo que quiso que los mexicanos llegaran a un lago con peces y ranas. Habían caminado harto los mexicanos, murieron los ancianos y los adultos y nacieron los niños. A un lado del lago había un plumero, y adentro del lago un águila y una serpiente. Precisamente entonces se juntaron los de los alrededores y se enseñorearon, como había dispuesto el santo suyo. Entonces el plumero se esclareció de distintos colores: los morenos somos unos, los rosados son otros, los güeros aparte y también los cubanos. Esa fue la señal de los que habían de poblar la nación. En el lago se vino a inaugurar la paz de todas las naciones mexicanas. Hasta que llegaron los rosados y los güeros y se empezó a medir la tierra y a quitarnos.”

Doña Felícitas no lo deja terminar, salta al tema del temblor: “Ora dicen ya que en la ciudad se acabó el pueblito con el temblor. Se abrió la tierra de la capital de tanto cargamento que traiba. Se juyeron las casas grandes de tanto amontonadero, de tanta construcción pa”riba de los cerros, ya mero se entrometían donde Dios y no le pareció al Señor. Llegó el día en que no lo dejaron estar en paz y lo mandó aflojar las paredes de los últimos que se jueron a meter a la ciudá y se cayó el pueblito que ya estaba llegando a lo alto. Dicen que endenantes del temblor nació un niño y luego que nació habló. Le dijo la mamá al niño: “mijo, qué fe estás”. Y el niño tiernito le respondió: “sí mamá, estoy muy feo, pero más feo va a estar el temblor que ya viene y muchos me van a alcanzar donde yo voy.” Terminó de decir esas palabras y murió. Yo creo que sí jue así. Cuánta gente no se perdió. Los últimos que llegaron al raterío de la ciudá jueron a amontonarse a lo más alto y se perjudicaron a Dios. Y luego la tierrita nuestra que no da y los hijos que se juyen al peligro de la tierra dolida de la ciudá y su casita se afea, se cuartea la pared. Unos regresaron muertos del temblor, otros quedaron aplastados, algunos espantados vinieron a construir, ya no caben allá. Ora andan por la carretera levantando casas de puro blo, no de piedrita traída del cerro.
Antes cuando vivía la otra gente de la revolución, vivían los caseros por San Lucas. Se murieron todos de bala y de miedo y ai dejaron las castias y las piedras. Allí los paredones de las casas de la otra generación hay muchos huesos de cristiano; cachos de cabeza, huesos de dedo. Igual aparecen en la tierra, seguido salen cuando pasa la yunta, le acuerdan al pobre de la guerra de endenantes donde murió harto pacífico. Andaban rondando esos espíritus. Se los encuentran y ponen a descansar sus huesitos en un lugar sano y sigue el trabajo, pa que los muertos no los molesten, no sigan rondando. Luego aparecen hartos huesos y la gente dice que ya viene otra guerra. La gente jala del paredón del rico de San Lucas la piedra pa la casa del pobre, de ai sacamos nosotros la paré de piedra. Como en la ciudá ya no los quiere Dios, vienen aquí con la casa de blo, haciéndola grande. Se jueron de hace tiempo a hacer su dinero allá y como allá y se mortificó el Señor volvieron a la tierrita y ponen su dinero en el nopal, se escasea el aguamiel y se hace más grande la familia. Luego ansina no sale bien la cosecha y los que vinieron tienen pa comprar y todo sube por ellos que sí pueden pagar y una nomás viendo. Endenantes “bía pobres pero no se enojaba Dios ni mandaba a mover la tierra, no tenía tanto juido encimado espiando la morada. Ora la juventú roba, no se cansa, va a montarse a la ciudad. El castigo vino parejo: el que no la debe la paga. Se abre la tierra, son señales del fin del mundo, no hay agua, se viene el fin.”

Don Pedrito le lleva la contraria: “Es mentira que se va a acabar el mundo. El mundo es mundo. Se le acaba el mundo al que se muere, a los otros no. No me lo crea, pero hubo en aquel tiempo del Señor los feligreses que le pedían misericordia, le decían: ‘ten piedad encarecidamente, socórrenos desde tu trono, tú que haces temblar la tierra’. Por esta razón nomás se asoma el Señor pa’ compadecerse de las generaciones y por eso tiembla. Él se asoma a ver qué estamos haciendo. Vienen tiempos mejores si cambia la generación, como la de los primeritos mexicanos. Se tienen que finar las leyes injustas. Todo lo que estamos viendo está marcado que ‘bía de pasar. Allá en las otras naciones donde fue la pasión del Señor como Jerusalén, ahí quedó maldecida la tierra. Ahí no conocen la paz. Algunos mejor se van de allá pa’ buscar la paz. Aquí se conocen muchas tragedias pero reina la paz.”

Agrega doña Felicitas, que ya guardó el comal: “El país ‘ta triste de todo. Dan caro y no favorece l’agüita al campo. Dios no lo quiera se viene una guerra. Parejo a pelear, a sacar lo que jalle uno. El comunismo le quita el animalito al que tiene y se lo da al que no tiene. La semilla igual. Dicen que en unos países ya hay eso. Pos no va a decir el que tenga que sí. Al rico no le gusta sufrir, ya se malpasó, no le importan los otros. Tiene dinero el que trabaja, no lo encuentra su dinero tirado en la calle. Pero el campesino trabaja hartito y no cai l’agua. El rico no va a darnos nada, onque quiéramos.”

Don Pedrito se para, ya quiere irse, comenta: “El PRI es la juerza del gobierno. Es el que apoya al presidente. El campesino sufre, es la base principal. Debían de pagarle bien. Le compran barato al campesino y le venden caro. El hombre de campo se da harta cuenta de eso. Pero se lo aguanta cada temporada pa’ que no haiga otra guerra. Nosotros, si se da la cosecha, guardamos un poquito pa’l otro año. Y si l’otro año no favorece, entonces agarra de lo que guardó y ansina va aguantando. En otras naciones, en Moscú, se oye decir que si los Estados Unidos no le devuelven las tierras que eran suyas, se va a venir otra guerra.”

Camina con dificultad, antes de que se vaya le preguntamos por sus sueños, responde desde la puerta: “Pa’l futuro nomás que haiga paz, que nunca más haiga leva. El Señor quiere la normalidad. La vida no quiere que sea uno muy alto, sino lo más bajo, humilde. La revolución ganó. El poder fue pa’ los mexicanos. Ganó el padre Hidalgo que emprendió la guerra por el sacrificio de la gente indígena. Luego se vio claro con el señor Madero y la revolución por la simple cuestión de que se borraron las fincas. Ora entonces nomás que haiga paz.”

El señor Manuel –que al final se limitó a tomar pulque–, no lo deja irse solo. Se disculpan, se despiden.

Doña Felícitas al fin se hace un taco: “Nomás mi marido vota. Aquí no cuentan las mujeres. Los de la presidencia y todos los que vienen no ayudan. Aquí todo lo que se hace es por cooperación. La carretera también. Este año apenas echaron el chapopote. El presidente municipal de acá del pueblo fue el de la idea. Salió en algo carito. Fue de 3 mil la cooperación. A ultimadas cuentas si lo quieren hacer lo hacen, si no, no. Ya tienen el dinero en sus manos y ya lo negociaron. En algo benefició la carretera, la corren mejor los carritos, pero no quedó muy bien. Donde queda bien no se levanta el pedazo. Cuando llueve se lleva el agua el chapopote y queda de nuevo la tierrita. La máquina vino, todos la fuimos a ver cómo trabajaba de bien rápido. Pero quedó fea la carretera, le faltó chapopote, no le echaron lo que debía ser.

“Pa’ los tiempos que vienen yo quisiera que los tiempos vinieran buenos y Dios socorriera l’agua. Sólo Dios sabe. Nomás esperar hasta que ya no haiga gente.”

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Sobre el autor

Emma Yanes y Sergio Mastretta

Emma Yanes Rizo, Doctora en Historia del Arte, escriitora y ceramista. Sergio Mastretta, periodista, director de Mundo Nuestro.